El gran perro Medoro, sentado a sus pies, levantaba su enorme cabeza a la dulce presión de la linda mano que se posaba sobre ella acariciándola, y clavaba sus grandes e inteligentes ojos en el semblante de Ana.
Velázquez estaba pálido, y sus negros ojos aparecían tristes y rodeados de un ancho y azulado círculo: conocíase bien que hacía largas horas que no cerraba sus párpados el sueño.
En efecto, la noche precedente no había encontrado un instante de reposo, atormentado por el devorador cuidado que la suerte de Ana le inspiraba: aquella criatura era para él su único bien, y harto sabía de lo que era capaz el rey Felipe IV cuando se veía contrariado en alguno de sus caprichos amorosos.
Sin embargo de este convencimiento, Velázquez no culpaba de los desórdenes del rey al rey mismo; a pesar de la amistad que el conde-duque le manifestaba desde que hizo su célebre y magnífico retrato, el leal corazón de Velázquez no había creído en la sinceridad de la afección que le mostraba el favorito, y el elevado talento y buen criterio del artista habían adivinado cuanto de falso y maligno existía en el carácter de don Gaspar de Guzmán; había comprendido que la ambición era la pasión dominante de su alma, y sabía que no perdonaba medio alguno de fomentar las pasiones del rey y que era capaz de todo por satisfacerlas, si de este modo podía levantar algo más el pedestal de su fortuna.
Por eso le inspiraba tantos temores la suerte de Ana: temblaba ante el pensamiento de que pudieran despertar en su pecho un amor nuevo, y que él creía enteramente desconocido, en el cándido corazón de la doncella.
—A mí me ama como a un hermano solamente —se decía Velázquez—, y este amor, que llena su existencia tan abandonada y solitaria hasta el día que me conoció, basta para hacerla dichosa... pero si el rey logra hablarla y despertar su corazón, ese corazón inocente que debe a mi abnegación el estar dormido... ¡oh!, entonces ella amará a Felipe IV... ¡sí, le amará... y entonces... entonces mi genio, mi gloria de artista se hundirán en el sepulcro!...
Estos amargos pensamientos traspasaban el corazón de Velázquez: su razón fluctuaba combatida por su dolor y sus crueles temores.
Sola una esperanza consoladora venía a darle algún alivio, aunque era en verdad harto débil: la idea de que el rey, el favorito y toda la corte creían a Ana hermana suya le tranquilizaba algún tanto y le infundía aliento.
—Al menos —pensaba—, respetarán los derechos que creen tengo sobre Ana, y podré hacer uso de una autoridad que atropellarían si supiesen que no me unen con ella los lazos de la sangre.
El desdichado ignoraba que el favorito había sorprendido su secreto cuando lo confiaba a don Juan Hurtado de Mendoza, la noche anterior en las alamedas del río.