El reloj de palacio dio las doce y media sin que ni Ana ni Diego hubiesen roto el silencio que reinaba en la estancia. La vibración de la campana sacó a la doncella de sus meditaciones: levantose esta y fue a apoyarse en el respaldo del sillón que ocupaba su hermano.

—¿Qué tienes, Diego? —dijo poniendo al nivel de la negra y rizada cabeza del artista su cabeza rubia y perfumada.

—Estoy triste, Ana —contestó Velázquez estremeciéndose al sentir resbalar en su frente el suave aliento de la joven—. Estoy triste —repitió—, porque dentro de dos horas voy a partir para el Escorial y no puedo llevarte conmigo.

—¿Por qué no quieres que te acompañe, Diego? —preguntó la niña pasando sus hermosos y afilados dedos por los rizos del pintor.

—Es inútil que te molestes en salir de Madrid para tan pocos días —contestó con apresuración Velázquez—; quedarás aquí bajo la protección de la reina, que permanece en palacio también.

—Sea como tú quieras, hermano —contestó Ana, dulce, pero tristemente—; yo creía, sin embargo —añadió con los ojos llenos de lágrimas—, que jamás me separaría de ti.

—¡Llevarte yo donde va la corte! —exclamó Velázquez levantándose con ímpetu de la silla y cruzando a grandes pasos el aposento—. ¡Llevarte donde va el rey!... ¡Oh, jamás, jamás!...

—¿Por qué no quieres llevarme donde está el rey, Diego? ¡Es tan galán y parece tan bueno!...

Al escuchar estas palabras, levantó Velázquez la cabeza, y se hizo un paso atrás como si hubiera recibido un golpe mortal en el corazón: clavó en Ana una mirada de extravío, y sus cabellos se erizaron en su frente, y sus sienes se cubrieron de un helado sudor.

En aquel momento sonó la una, y el ruido de un golpe, que dieron en la puerta del aposento, se confundió con la vibración de la campana.