Velázquez fue a abrir con inseguro paso, y un camarero apareció en el umbral.

—Vengo a avisar al señor don Diego Velázquez, de parte de S. M., que la hora de partir se ha adelantado y que le espera ya en su real cámara.

Una llamarada de alegría iluminó los ojos del artista; la noticia de que el rey iba a alejarse de Ana inundó de gozo su corazón.

—Ya os sigo —dijo al camarero, que se inclinó respetuosamente y desapareció en seguida.

Entonces se abrochó rápidamente su ropilla, alisó sus cabellos, se puso su sombrero adornado de una larga pluma y tendió los brazos a su hermana.

—Dentro de dos días —le dijo oprimiéndola contra su pecho—, dentro de dos días tendré para ti un asilo seguro y vendré a buscarte para que no te separes ya de mi lado.

La niña no respondió nada: los sollozos ahogaban su voz.

—¡Juan! —gritó Velázquez abriendo una puerta que daba frente a la de entrada.

Un joven mulato de elevada estatura apareció al instante.

—Escucha, Juan —dijo Velázquez tomándole por la mano—; escucha, y si es cierto que me quieres, cumple exactamente lo que voy a decirte.