—Mandadme, señor —contestó el mulato con sonoro acento.
—Cuida de mi hermana, Juan: no dejes llegar a su lado ni aun al mismo conde-duque si, como temo, vuelve mañana a Madrid; duerme a la puerta de esta estancia, y dentro de dos días, cuando vuelva a buscar a Ana, que la encuentre yo más alegre que hoy la dejo.
—Seré la sombra de doña Ana, señor; y, cuando volváis, os la entregaré risueña y contenta.
—Gracias, Juan: tu corazón encierra el valor indomable de los leones de tus bosques, y tu alma toda la ternura de una mujer. Juan, en ti confío; adiós.
Y Velázquez abrazó de nuevo a su hermana, apretó la mano de Juan y se lanzó fuera de la estancia.
Media hora después, y aprovechando las últimas de la noche, salió la comitiva real: en uno de los primeros coches que seguían al rey, iban don Diego Velázquez y el conde-duque.
Todavía se oía el rumor de las ruedas del último carruaje, cuando llamaron a la puerta de la estancia de Ana.
—¿Quién va? —preguntó el esclavo mulato, que en pie enfrente de su señora, la contemplaba melancólico.
—Abrid para que yo pueda dar a doña Ana un mensaje de parte de S. M. la reina —contestó la voz de una dama de honor.
El mulato quitó la vuelta de la llave y se retiró con respeto para dar paso a la ilustre enviada.