Mas en el instante mismo cuatro hombres le derribaron en tierra, y cerraron sus labios con una mordaza antes de que pudiese dar un grito, dejándole fuertemente maniatado.
Entretanto otros dos se habían acercado a Ana y, tapándole la boca con un pañuelo, la sacaron desmayada del aposento.
El infeliz esclavo hizo tan violento esfuerzo para romper sus ligaduras que su bronceado semblante se cubrió de púrpura y cada uno de los cordeles que le oprimían trazó en sus manos un sangriento surco.
Al oír el rumor del coche que se llevaba a su señora, una amarga desesperación se pintó en sus facciones y dos gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
Ana fue depositada en una casita de pobre apariencia situada en la parte más honda de la calle de los Autores. Al bajarla del coche, privada de sentido, la recibió en sus brazos una joven de rostro risueño y picaresco; pero su alegre y avispada fisonomía se entristeció profundamente al ver a aquella hermosa niña blanca y helada como una estatua de alabastro.
Colocola suavemente en un sillón, y desató el pañuelo que habían apretado bárbaramente a su boca.
Entretanto decía el conde-duque a Velázquez, al mismo tiempo que el coche en que iban entrambos corría por el camino del Escorial:
—Guardad a vuestra hermana de las asechanzas del rey, don Diego. Le veo tan furiosamente enamorado, que de todo le creo capaz.
VIII
JUAN DE PAREJA