Una hora después del rapto de Ana, fue desatado el mulato por los demás servidores de Velázquez, que entraron para informarse de aquella si quería que se le sirviese el desayuno.

El esclavo no contestó a ninguna de las preguntas que se le hicieron, ni pareció poner atención ninguna en las lamentaciones de sus compañeros por la desaparición de su joven señora.

Dio tres o cuatro vueltas por la habitación como un león enjaulado, y luego se lanzó a la calle pálido y desgreñado como quedara después de sus inútiles y desesperados esfuerzos para romper sus ligaduras.

«Juan de Pareja —dice un aventajado escritor[14] de nuestros días— era esclavo del célebre almirante Pareja, cuyo retrato hizo Velázquez. Encantado el marino de ver su retrato tan maravillosamente parecido y tan perfectamente concluido por el pintor más célebre de España, vino a darle las gracias acompañado de Juan, joven mulato que había comprado en Indias, y que llevaba para el pintor una magnífica cadena de oro. Cuando se marchó el almirante, Juan fue a seguirle, empero el áspero marino le dio un puntapié.

[14] Don José Muñoz Gaviria.

»—¿Piensas —le dijo— que cuando yo ofrezco una cadena de oro no deje también el estuche? Perteneces desde este momento al señor Velázquez.

»Y salió con altivo paso apenas hubo dicho estas palabras.

»El pobre mulato, con el rostro afligido y el aire asustado, se quedó allí, y los discípulos de Velázquez le tomaron como un ser estúpido con el que podrían divertirse. La manera con que había entrado en el taller fue para ellos un manantial inagotable de chanzas. Quisieron darle el gran nombre de su primer amo, y le llamaron Juan de Pareja, nombre que conservó siempre. Velázquez, a quien causaba lástima, le encargó el cuidado y el aseo del taller, cosa que tenía poco trabajo, pero que debía ejercitar su paciencia.

»Juan se hallaba muy contento siempre que el artista estaba allí; pero en cuanto salía, el esclavo tenía que sufrir de los discípulos una porción de incomodidades que cada día iban en aumento. Cansado, en fin, de las burlas de los discípulos tomó el partido, para evitarlas, de huir, cuando no se hallaba Velázquez, a una especie de camaranchón desconocido en donde se escondía y ponía al abrigo de sus perseguidores.

»No había podido Juan ver pintar dos años seguidos, ni oír durante estos dos años a los más grandes personajes ensalzar hasta el cielo la pintura, sin concebir un invencible deseo de manejar también los colores. Para distraer las largas horas de soledad en que aguardaba la vuelta de su amo, intentó Juan el pintar. Allí tenía pinceles de desecho y restos de colores que reunía ya en un lado, ya en otro. Conocía él mismo que no hacía más que emborronar; pero hallaba gusto y diversión en ello, guardando un silencio absoluto sobre esta diversión secreta, que nadie sospechó.»