Hasta aquí habla el autor de la linda e interesante leyenda Rubens en casa de Velázquez: yo he creído que no podía dar a conocer mejor a Juan de Pareja que copiando el párrafo en el cual mi amigo, el señor Muñoz Gaviria, le presenta a sus lectores. Ahora acabaré de pintar a este personaje, según le he comprendido.
Juan de Pareja sentía por Velázquez una especie de adoración apasionada, adoración que se extendía a todo lo que pertenecía al artista; nada había para él tan bello, tan grande, tan santo como Velázquez, y se hubiera dejado matar por evitarle el dolor más leve.
Había en el esclavo hacia su amo el tierno y solícito amor de una madre y la adhesión sublime y fiel de un viejo sabueso; cuidaba con extraordinario esmero de su servicio, de su alimento, y de su tocador, y no se fiaba de ningún doméstico, en lo que pertenecía a su señor; cuidaba de los detalles más minuciosos de su comodidad y bienestar, graduaba la luz del taller, preparaba los colores, arreglaba los caballetes, y pasaba horas enteras mirándole pintar extasiado en una fanática contemplación.
Velázquez, por su parte, le amaba mucho también; confiábale los más importantes secretos, y conversaba con él mientras le servía a la mesa; la viva inteligencia de Juan le agradaba en extremo, y admiraba la exquisita sensibilidad de su corazón, la generosidad de su carácter, y su ilimitada lealtad.
Su pena, al dejar en Madrid a su querida Ana, se amenguó en su parte mayor al pensar que la dejaba bajo la custodia de Juan, y el corazón del mulato latió de gozo al recibir aquel encargo.
¡Oh, qué amarga desesperación se apoderó del alma de fuego del mulato al ver que le arrebataban a su joven señora! Todos los tormentos del infierno desgarraron su corazón al convencerse de que eran inútiles sus esfuerzos para rasgar las fuertes ligaduras que le sujetaban.
Cuando los otros criados le desataron, se arrancó la mordaza con tan furioso y desesperado movimiento, que sus labios se enrojecieron de sangre.
Dio como un loco algunas vueltas por la estancia, y luego se lanzó a la calle, cruzando muchas en su desesperada carrera.
¿Cuál era su designio?, ¿cuál su esperanza? Ni él mismo lo sabía. En su abrasada cabeza se revolvía candente el pensamiento fijo de encontrar a Ana antes de los dos días que debía tardar Velázquez en regresar a Madrid, y el de darse la muerte si no podía conseguirla: estas dos ideas le hacían sonreír por intervalos, con una risa en que entraba por mucho la locura.