EL EMBAJADOR
Dos días después, y a eso de las siete de la tarde, un coche cerrado conducía a Madrid a Velázquez al trote de sus magníficas yeguas tordas.
El artista iba tan preocupado que no fijó la atención en otro coche cerrado también, pero mucho más escrupulosamente, que pasó junto al suyo.
Ni oyó, por consiguiente, una dulce voz que le era muy conocida y que preguntaba con ansiedad:
—¿Llegaremos pronto a donde está mi hermano, señor conde?
Aquella voz era la de Ana, que ocupaba el coche cerrado con el conde-duque, y que marchaba con dirección al Escorial.
Velázquez prosiguió su camino, y a las siete y media se apeó delante del palacio.
Una multitud inmensa se agolpaba a sus puertas: veíase estacionada delante de ellas una larga fila de lujosas carrozas vacías, sin duda por estar sus dueños dentro de la morada real; algunos señores flamencos permanecían a caballo, erguidos e inmóviles, luciendo sus bordadas gorras, sus ropillas cuajadas de pedrería, y sus colosales figuras.
Una guardia flamenca rodeaba la comitiva, conteniendo con mesura, pero con una gravedad inalterable, al pueblo que se arremolinaba murmurando:
—¡El embajador, el embajador!