El coche de Velázquez entró en las caballerizas de palacio, y el artista, sin detenerse ni aun a preguntar quién era el embajador, subió ansioso a su habitación, encontrándose al final de una galería al duque del Infantado.
—¿Habéis visto a Rubens, don Diego? —preguntó el duque, tendiendo una mano al pintor.
—¿Está aquí Rubens? —exclamó Velázquez admirado y deteniéndose a pesar de su ansiedad.
—Es el embajador que acaba de llegar, enviado por la infanta gobernadora de Flandes.
—¿Dónde está?
—En audiencia con la reina, que quedó encargada por el rey de recibirle a su llegada.
—Os dejo, señor don Juan —dijo Velázquez, estrechando de nuevo la mano del duque y poniendo el pie en la escalera.
—¿A dónde vais, y de dónde venís?
—Vengo del Escorial, y así que amanezca mañana me vuelvo a él con Ana.
—¡Cómo! —exclamó don Juan Hurtado haciéndose un paso atrás—. ¡Cómo, Velázquez, lleváis a esa niña a la corte! Permitidme que os repruebe tal propósito.