—Quiero que todos ignoren que se halla en el Escorial.

—¿Y cómo lo lograréis, acompañándola vos mismo?

—No lo sé —dijo Velázquez inclinando tristemente la cabeza—, ¡no lo sé, pero Dios me ayudará!

—¿Tenéis confianza en mí, para fiarme a doña Ana? —preguntó el duque, fijando en la abatida fisonomía del artista sus leales y arrogantes ojos.

—¡Oh, sí! —exclamó este levantando la frente y mirando al duque con profunda gratitud—: ¡solo a vos y a Juan, mi mulato, la fiaría yo!

—Vamos, pues, a vuestra habitación, Velázquez —dijo el duque pasando su brazo por debajo del del artista—: Juan y yo la acompañaremos, y quedará segura en mis habitaciones, donde la encontraréis.

Diego Velázquez llegó a su aposento con el duque, y llamó suavemente a la puerta.

El criado que la abrió palideció y retrocedió dos pasos al ver a su amo.

—¿Y doña Ana? —preguntó ansiosamente Velázquez.

El doméstico, con los ojos fijos en el suelo, parecía la estatua del asombro.