—¿Y doña Ana? —tornó a preguntar Velázquez sacudiendo el brazo del criado.
—¡Señor!...
—¡Habla!...
—¡La han robado!
—¡La han robado!...
Este grito se escapó angustioso y desgarrador de los labios del artista, que permaneció durante algunos momentos anonadado y mudo.
De súbito echó a correr hacia el aposento de Ana, siguiéndole el duque.
Los desatentados ojos de Velázquez recorrieron la estancia en un segundo; pero el artista hubo de apoyarse en un sillón para no caer: el aposento conservaba todas las señales de la reciente presencia de la pobre niña.
—¡Juan! —gritó Velázquez con ronca y sofocada voz.
—También ha desaparecido.