—¡Vendido por él! —barbotó Velázquez, quien, al oír la contestación del doméstico, no pensó siquiera en preguntarle cómo había sido la desaparición de Juan.

Después se precipitó a la puerta, vacilante como una persona ebria.

El duque le siguió, quebrantado de aquella terrible desaparición.

—¡Le han comprado para que me la robe!... —murmuró el artista—; ¡se ha vendido al oro... del rey!... pero... ¡yo le mataré!

El desgraciado Velázquez cayó desplomado, en el suelo, y su hermosa cabeza negra y rizada rebotó en el pavimento de la galería.

En aquel momento entraba en ella, por la parte opuesta, un caballero como de cincuenta años, de elevada estatura y gallardo continente, bien que lleno de nobleza y dignidad.

Su traje, de damasco azul a la flamenca, estaba ricamente bordado de oro, y en su sombrero se veía prendida, con un joyel de diamantes y rubíes, una hermosa pluma de garza real.

Las insignias de muchas órdenes cubrían su pecho; sus manos blancas y de hermosa forma salían de entre una nube de encajes iguales a los que bajaban hasta sus borceguíes.

Seguíale una inmensa comitiva de nobles españoles y flamencos, y una guardia de honor, ni más ni menos que si fuese una persona real.

Era, en efecto, el rey de la pintura, Pedro Pablo Rubens, artista distinguido, eminente diplomático y embajador de la infanta doña Isabel, gobernadora de la Flandes y los Países-Bajos, cerca de la majestad de Felipe IV.