Rubens se dirigió a los aposentos de Velázquez para visitar su taller, ya que no podía verle por hallarse en el Escorial, según le había dicho la reina.

Al ver al duque del Infantado, que le había sido presentado en la recepción por la misma reina; al verle, repito, sostener en sus rodillas la cabeza de otro hombre desmayado, detúvose Rubens.

—¿Queréis que os ayude, señor duque? —preguntó el ciudadano de Amberes con la dulce amabilidad que, no obstante la arrogancia de su aspecto, le era tan habitual.

—Gracias, señor embajador, gracias... ya vuelve —contestó el duque, poniendo junto a la nariz del artista su perfumado pañuelo—. ¡Velázquez! —añadió en seguida moviéndole suavemente.

—¡Velázquez! —repitió Pedro Pablo inclinándose para contemplar al artista cuyas manos tomó.

Don Diego abrió sus grandes ojos negros, y los fijó ansiosamente en las personas que le rodeaban: cuando su mirada chocó con la de Rubens, dos lágrimas brotaron de sus ojos.

Diego Velázquez poseía el mejor retrato que el rey de la pintura había hecho de sí mismo.

Rubens abrió sus brazos al desgraciado joven, que se arrojó sollozando en ellos.

—Vuestra vista, señor embajador, es lo único que pudiera prestar algún consuelo a Velázquez en la desgracia que le aqueja —dijo el duque ayudando al desdichado joven a ponerse en pie.

—¡Oh! murmuró Rubens, ¡la desgracia! ¿no basta, ¡oh, Dios mío! que me acompañe a mí, sino que la he de encontrar también donde quiera que vaya?