Algunos momentos permaneció su fisonomía sombríamente triste, apareciendo en su noble frente un pliegue de dolor.

Mas sus móviles y hermosas facciones recobraron pronto su serenidad, y sus ojos se fijaron de nuevo en Velázquez, con acariciadora expresión.

—¡Para el amanecer, los trenes de S. M. la reina y de su señoría el señor embajador, que salen para el Escorial! —gritó en aquel instante la voz del jefe de las caballerizas.

—¿Queréis acompañarme, Velázquez? —preguntó Rubens a don Diego—. Deseo que permanezcáis a mi lado los breves días que he de vivir bajo vuestro cielo.

—¡Doña Ana debe estar en las garras del de Olivares! —murmuró el duque del Infantado al oído del artista—. ¡Partamos!

—Soy vuestro —murmuró Velázquez débilmente y con acento acongojado.

—Pues hasta dentro de cuatro horas, Velázquez: os espero en mi cámara con el señor duque, y os ofrezco a entrambos dos asientos en mi coche.

Rubens hizo un afable saludo, y se retiró seguido de su comitiva.

—¡Valor, Velázquez! —dijo el duque, cerrando tras ellos la puerta de la cámara donde habían penetrado.

El pintor se dejó caer en un sitial, y murmuró con ronca y apagada voz: