—¡Vendido por él!... ¡Vendido!... ¡Vendido!...
X
ANA
Dos días habían pasado desde aquel en que Isabel de Borbón, Pedro Pablo Rubens y Diego Velázquez de Silva habían llegado al palacio del Escorial.
Las cuatro de la tarde acababan de dar en el reloj de San Lorenzo cuando se entreabrió una ventana, perteneciente a las habitaciones del conde-duque, situadas muy cerca de las del rey; la otra ala del palacio estaba habitada por la reina, la infanta María Teresa, y las servidumbres de ambas.
La ventana en cuestión estaba guarnecida de espesas celosías; pero, no obstante, un rayo de sol que iba a quebrarse en sus cristales hizo brillar con dorados reflejos una cabeza cubierta de abundantes y rubios rizos.
Aquella cabeza era la de Ana.
Permaneció durante breves instantes silenciosa e inmóvil, cual si fuera una estatua de alabastro, con la mirada fija en las dilatadas campiñas que se extendían al frente de sus ojos.
Luego apoyó los brazos en el antepecho, dejose caer en un sitial colocado detrás de ella, y sepultó la cabeza en sus manos.
No era ya la misma Ana que Velázquez conoció en Amberes, ni siquiera la misma que robaron al artista las tramas del conde-duque de Olivares: en los dos días pasados desde la vez primera que la presenté a mis lectores, se habían hundido sus mejillas y apagado sus ojos; los suaves y purísimos contornos de su boca habían perdido toda su gracia cándida y juvenil, adquiriendo, en cambio, esa laxitud que es siempre signo seguro de la total ruina de la salud.