Parecía más elevada su estatura a causa de su extrema delgadez; sus rasgados y espléndidos ojos azules eran más grandes, y, aunque sus brazos y manos conservaban sus seductoras formas, estaban en extremo enflaquecidos.

Largo rato permaneció en la actitud abatida en que la dejamos, al cabo del cual se abrió cautelosamente la puerta de la estancia, dando paso a la joven que vimos socorrer a Ana cuando se desmayó en la casa donde la depositaron sus raptores.

Aquella joven adelantó lentamente algunos pasos, andando de puntillas e inclinando graciosamente la cabeza hacia adelante, creyendo dormida a la pobre Ana.

La recién llegada era una de esas criaturas robustas, hermosas y risueñas: sus facciones, un tanto gruesas, eran bellas en extremo; sus grandes ojos negros y sus cabellos de azabache armonizaban deliciosamente con su tez trigueña y sonrosada, y su boca parecía formada únicamente para la sonrisa, pues al más leve movimiento mostraba, no obstante su pequeñez, dos sartas de menudas perlas engastadas en coral.

Llevaba un lindo traje de seda de colores subidos, y su gola dejaba ver, a despecho de la moda de aquel tiempo, la parte superior de una garganta suave, redonda y satinada.

El aposento en el cual se encontraba Ana armonizaba bien con la figura de la recién llegada, por la suntuosidad vistosa de sus adornos: las colgaduras, de damasco blanco, estaban guarnecidas de anchos flecos de oro y sujetas con gruesos cordones y borlas de lo mismo; la sillería, de damasco granate de color subido, se ostentaba recargada de iguales adornos; y cuatro soberbias lunas de colosales dimensiones reproducían los objetos.

La joven llegó, por fin, junto al sillón de Ana y se apoyó suavemente en el respaldo; luego bajó su cabeza al nivel de la de la flamenca para ver si efectivamente dormía.

—¡Dios mío, estáis despierta, señora! —exclamó alzándose de nuevo, porque acababa de ver lucir como dos estrellas los grandes ojos de Ana.

—No duermo —contestó esta con acento lento y melancólico—; sin embargo, no os oí entrar, Estrella.

—Lo creo muy bien —dijo la joven, cuya risueña frente se había cubierto de una nube de tristeza—; ¿cómo me habíais de oír si estabais en una de esas peligrosas meditaciones que os convierten en estatua?