La flamenca sonrió tristemente y nada contestó.

—Y a pesar de eso —continuó Estrella—, el señor conde me dice todos los días: «No permitáis a doña Ana ni un instante de soledad y de cavilación, porque esto la mata.»

—¡Pluguiese a Dios que así fuese! —murmuró Ana elevando al cielo una mirada empapada en lágrimas.

—¡Ay, Dios mío! Pero, ¿por qué queréis morir, doña Ana? Sois una niña, sois bella hasta el extremo y tenéis amigos poderosos que velan por vos y se interesan por vuestra suerte... ¿Cómo es posible que os canse la vida?

—No lo sé, Estrella —contestó la joven con acento triste—: no sé por qué, pero yo deseo la muerte con todo mi corazón.

—¿Sentís acaso la separación de vuestro hermano?

—¡Oh, sí!... —repuso Ana llevando al corazón sus dos manos, como si Estrella hubiese tocado en él una herida dolorosa y profunda.

—Pero solo hace dos días que carecéis de su vista, y además tenéis la esperanza de verle muy pronto.

—¡Esa esperanza la voy perdiendo ya, Estrella! Cuando el conde me sacó de Madrid, me aseguró que me llevaba a la nueva casa de mi hermano... y todavía no he podido verle... Luego... —continuó la pobre niña vacilando—, luego... estos últimos días me suceden cosas tan extrañas... ¿Por qué me sacaron a la fuerza de nuestra habitación del palacio de Madrid?... ¿Por qué me llevaron a vuestra casa durante algunas horas para traerme luego aquí?... ¿Por qué me aseguró ese caballero, a quien llamáis el señor conde, que vería muy pronto a Diego si todavía no he podido lograrlo? ¡Estrella, Estrella!... Ese conde... lo confieso... ¡me da miedo!...

Ana ocultó de nuevo el semblante entre las manos, y un doloroso temblor recorrió todo su cuerpo.