Estrella la contempló por algunos instantes pintándose en sus facciones una profunda expresión de piedad: a la verdad, la figura de Ana, velada por su larga túnica blanca, se asemejaba a esas imágenes de santas mártires que todavía nos conmueven y admiran en nuestro descreído siglo.

Lo enflaquecido de su cuello, brazos y manos patentizaba bien los sufrimientos de la desdichada niña, y su cabeza, inclinada y cubierta por una cascada de gruesos rizos rubios que se extendían hasta sus rodillas, tenía una admirable expresión de sumo e intenso padecer.

—Vamos, doña Ana —dijo por fin Estrella con acento dulce y cariñoso, y apoyándose de nuevo en el respaldo del sillón—; vamos, buen ánimo: quizá no acabe el día de hoy sin que veáis a don Diego.

Ana permaneció silenciosa durante un momento: luego alzó la cabeza lentamente, y Estrella contuvo con trabajo un grito de terror al ver el semblante de la pobre niña.

Lejos de retratar las facciones de Ana el gozo que debía infundirle la esperanza formulada por los labios de Estrella, se veía pintada en ellas una expresión de agudo dolor: levantose como una sonámbula, y tomó las manos de Estrella oprimiéndolas con una fuerza convulsiva entre las suyas secas y abrasadoras.

En aquel instante apareció detrás de uno de los árboles del jardín una cabeza negra y erizada, alumbrada por dos ojos grandes y calenturientos que fueron a fijarse en el rostro desencajado de doña Ana.

Un segundo después se oyó un grito de alegría frenética, y el mulato Juan de Pareja salió de detrás del árbol y cruzó el jardín corriendo desesperadamente.

A pesar de sus esfuerzos, su carrera avanzaba poco: el infeliz esclavo hacía tres días que no había probado alimento ni cerrado al sueño sus ojos, ocupado solo en vagar como una sombra durante la noche por los alrededores del palacio, porque su buen instinto le decía que la tenebrosa infamia que lamentaba solo podía haberla urdido la mano del conde-duque.

Llegó por fin a una de las puertas excusadas del jardín, y desapareció por ella.

Doña Ana continuó largo rato oprimiendo las manos de su compañera.