—Escuchad —dijo al cabo de algunos instantes con voz lenta y ahogada—; escuchad, Estrella, antes de que Dios me llame a su seno, una confesión que a nadie he hecho todavía... pero que necesito hacer porque me ahoga...
—Hablad, hablad, doña Ana.
—Yo creo... creo que vos me amáis un poco, Estrella...
—Os amo mucho, mucho —dijo Estrella estrechando con afecto las manos de la infeliz joven.
—Entonces a nadie confiéis mi secreto... ¿lo oís?
—Sí, no temáis.
—Pues bien, Estrella: la vista de Diego no aliviará mi padecer... no...
—¡Qué decís!...
—¡Me matará más pronto!...
Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de Ana, al pronunciar estas palabras, y se deslizaron por sus mejillas de alabastro.