En cuanto a Estrella, creyó que deliraba, y dijo solamente con dulce voz:
—La vista de vuestro hermano os pondrá buena: creedme, doña Ana.
—¡Yo no tengo hermano!... —gritó con angustia desgarradora la desdichada niña.
—¡Qué decís!
—¡Diego no lo es!
—¿Queréis acostaros, doña Ana? —dijo Estrella persistiendo siempre en creer que un acceso de fiebre hacía delirar a la joven.
—¡Mirad!... —exclamó Ana sacando de su seno una carta, que, por lo muy arrugada que estaba, decía bien claro que los ojos de Ana la habían devorado muchas veces—. ¡Mirad, Estrella!
La atónita joven desdobló el papel y leyó lo siguiente:
«Don Diego Velázquez de Silva os engaña, pobre niña, diciéndoos que es vuestro hermano: vos sois sola en el mundo, y vuestro raptor os hizo creer que os unían a él los lazos de la sangre para sustraeros a las miradas de todos los hombres, a fin de evitar así que, casándoos, os roben de su lado.
»Vos, pobre niña, sois el origen de su gloria, pues harto sabéis que os toma para modelo de sus celebradas vírgenes, si bien para disimularlo cambia en sus pinturas el color de vuestros ojos y de vuestros cabellos, y os oculta a la vista de todos.
»Empero, vos podéis libertaros fácilmente de la esclavitud en que os tiene el odioso egoísmo de Velázquez: el rey Felipe IV os ama; recurrid a él cuando dentro de dos días vaya a visitaros, y conseguiréis de su cariño la protección que necesitáis.
»No temáis por Velázquez: está casado con una dama noble y hermosa a quien ama mucho, y de la cual tiene una hija.»
La carta no tenía firma.