—¡Dios mío, qué extraño es esto! —murmuró Estrella devolviendo la carta a la flamenca.

Esta no respondió; apoyada en el marco de la ventana, tenía doblada la cabeza sobre el pecho.

—Vamos, doña Ana —continuó Estrella tomando una de sus manos—; vamos, no os abatáis así: puesto que, según esa carta, debe venir el rey a veros, declaradle la villanía de Velázquez, y él os amparará.

—¡Acusar yo a Diego! —exclamó Ana con una indescriptible vehemencia—. ¡Yo, que le amo con todas las fuerzas de mi alma! ¡Yo, que daría mi vida por volver a verle una sola vez!...

—¡Cómo! ¿Le amáis?

—¡Que si le amo! —repitió la joven; y ante el pensamiento de su cariño pareció fundirse su dolor en un delicioso arrobamiento que se significó instantáneamente con una sonrisa de dicha—; ¡que si le amo! —repitió cruzando las manos, y con un acento impregnado de dulzura infinita—: le amo tanto, que solo temo dejar la vida, porque la muerte me privará de verle. ¿No me veis —continuó con una vehemencia que hizo colorear sus mejillas—, no me veis pálida y casi moribunda? Pues bien, ¡lo que aniquila mi vida, lo que me mata, es ese amor que ardía en el fondo de mi corazón sin que yo misma lo sospechase!... Cuando Diego se separaba de mi lado, la luz huía de mis ojos... y mi pecho se oprimía como si le faltase aire que respirar... Cuando me dormía, su imagen aparecía delante de mí... y no pocas veces he soñado estar sentada sobre sus rodillas... ¡Cuántas veces, viéndole dormido, han caído mis lágrimas sobre su frente al imprimir en ella un beso! ¡Cuántas, al estrechar su mano, he sentido que un fuego devorador circulaba por mis venas! ¡Cuántas he sentido oprimirse mi corazón al despedirse de mí, aunque fuera por breves instantes!...

—Pero...

—No sé lo que sentía yo entonces... —prosiguió Ana cuya vehemencia iba en aumento—: solo sí puedo asegurar que aquel padecimiento que no comprendía aniquilaba mi vida, que tan feliz debiera haber sido. Yo amaba mucho a Diego... por ventura, ¿no era él la primera persona que me había amado en el mundo?, ¿no fue su mano la que me sacó del abandono en que yacía?, ¿no ha sido él hasta hoy quien ha velado por mi suerte?...

—Es verdad —dijo Estrella ansiosa de calmar a la joven—: según me habéis dicho anoche, vos vivíais sola y abandonada... pero, según veis por esa carta, don Diego es casado y además no os ama.

—¡Ah! —exclamó Ana con un penetrante alarido de dolor—: ¡es verdad... es casado... y no me ama!...