La desventurada vaciló como el tierno arbolillo que hiere el hacha del leñador; cerró los ojos, y cayó hacia adelante, yendo a descansar en los brazos de Estrella.

En aquel momento, se abrió una puertecilla disimulada en los tapices y apareció en el umbral la sombría figura del conde-duque.

—¡Por piedad, señor! —exclamó Estrella que sostenía a la joven, rendida a un desmayo mortal—: ¡por piedad, libradme del cargo de guardar a esta desdichada! ¡No quiero, no puedo verla morir!...

—Vos podréis todo cuanto yo os mande, Estrella —contestó fríamente el favorito—, puesto que solo de esto depende el que conceda la libertad a vuestro amante.

—¡Oh, Dios mío, padece tanto!...

—En efecto, no lo dudo, porque solo con ver a esta niña se concibe que hay en ella más corazón que materia... ea, acostadla y hacedla volver en sí.

Y el favorito ayudó a la joven a que colocase en el lecho el inanimado cuerpo de Ana, a cuya nariz aplicó Estrella un pomito de sales.

—Decididamente —murmuró el conde-duque saliendo de la estancia—, decididamente hoy tiene que verla el rey, porque mañana puede morir, y no sé qué extraño presentimiento me avisa que su muerte será la señal de mi ruina.

XI

EL RETRATO DE LA REINA