En el momento en que el de Olivares salía de la estancia de Ana, Diego Velázquez entraba en la cámara del rey.
Un instante después entró también en ella el favorito sin precederle anuncio, según su costumbre.
Al ver entrar al conde-duque, Felipe IV clavó en su rostro una mirada de ansiosa interrogación, que fue contestada con otra de satisfacción arrogante, y con una sonrisa llena de promesas.
Velázquez, pálido, enflaquecido, sombrío, se apoyaba maquinalmente en el respaldo de un sillón; sus ojos hundidos por tres días de desesperación y tres noches de insomnio, miraban vagamente a un objeto impalpable; sus mejillas socavadas, el desorden de sus cabellos, y su barba, que empezaba a brotar en su tez morena y pálida, acababan de darle un aspecto huraño, violento y doloroso.
Bastaba fijar la mirada una sola vez en aquel hombre para conocer que desgarraba su alma un pesar sin consuelo.
Al ver entrar al conde-duque, sus grandes ojos adquirieron fijeza y se clavaron chispeantes de furor en el rostro del favorito.
El rey, que se había conmovido hondamente al notar el aspecto de Velázquez, sintió que la ira dominaba su enternecimiento al descubrir la rabia que trastornaba el semblante del pintor.
En cuanto al de Olivares, sostuvo fríamente la iracunda mirada de Velázquez.
—Señor —dijo este dirigiéndose a Felipe IV—, vengo a pedir a V. M. que me devuelva a una hermana que tenía, y que me ha sido robada.
Aturdido el rey por tan violento exordio, se volvió a mirar a su privado.