—Esa mirada —continuó Velázquez con voz más concentrada y sorda—, esa mirada me dice, señor, que el ladrón de Ana es el conde-duque...
Y Velázquez, con el rostro trastornado, puso la mano en el puño de su espada, y avanzó dos pasos hacia el de Olivares.
—¡Velázquez, tú estas loco!... —exclamó el rey asombrado de tanta audacia, pero al mismo tiempo hondamente conmovido por tan intenso dolor.
—Tengo aún toda mi razón, señor —contestó el pintor de cámara, separando su mano de la empuñadura de su espada—: pero aseguro a V. M. que la perderé, si ese hombre continúa en mi presencia.
Calló Velázquez esperando que Felipe IV mandase salir al conde-duque: mas el débil monarca no se atrevió a formular una orden a cuya sola indicación había visto encender como dos ascuas los ojos del que debía cumplirla.
Una sonrisa de desdén plegó los delgados y astutos labios de don Gaspar de Guzmán y Pimentel.
—S. M. —dijo acentuando lentamente sus palabras—, S. M. parece que no tiene dificultad en que yo oiga que demandáis a vuestra querida.
—¡Mentís como un villano! —gritó el pintor de cámara rojo de cólera; y sacándose un guante, que hizo pedazos en su rabiosa apresuración, lo arrojó al rostro del privado—. ¡Ea! —continuó con voz sorda—, ¡salid si no queréis que os escupa en el rostro, señor conde-duque de Olivares!... ¡salid, y vive Dios que he de arrancaros con mi espada, el precio por el cual habéis comprado a mi mulato Juan, y el sitio en que habéis ocultado, no a mi querida, sino a mi hermana!
—Antes, señor don Diego —contestó el conde-duque, recogiendo fríamente el guante de Velázquez—, antes será preciso que me probéis el derecho que os asiste para querer ser el dueño absoluto de esa infeliz niña a la que teníais sumida en el más odioso cautiverio.
—¡Salid, os digo!... —volvió a gritar Velázquez desnudando la espada.