El privado se dirigió lentamente a la mesa de escribir del rey, y agitó la campanilla de oro que se veía sobre ella.
—¡El capitán de guardias de S. M. el rey! —dijo don Gaspar con una calma glacial al ujier que se presentó.
—¡Sois un infame, señor conde-duque de Olivares! —guturó don Diego al mismo tiempo que entraba el capitán de guardias.
—De orden del rey —dijo el favorito sin mirar siquiera al pintor—, de orden del rey arrestad a don Diego Velázquez de Silva.
El capitán se acercó a Velázquez, y esperó la espada que este retuvo con mano trémula de furor.
En aquel momento se descorrió estrepitosamente el tapiz de terciopelo que cubría una puerta situada a espaldas del rey.
—¡S. M. la reina! —anunció un ujier de toda gala.
E Isabel de Borbón, vestida con un largo traje de ceremonia, apareció en el umbral.
—¡Ejecutad las órdenes de S. M.! —gritó imperiosamente el de Olivares dirigiéndose al capitán de guardias, al mismo tiempo que echaba una mirada recelosa sobre la reina.
Isabel contestó a esta mirada con otra de desprecio.