—Vengo, señor —dijo dirigiéndose enseguida al rey—, vengo a buscar a don Diego para que concluya hoy el retrato mío que hace días empezó, porque nuestra hija María Teresa lo desea para su cámara.
Un rayo de alegría iluminó las abatidas facciones del noble artista, al mismo tiempo que el del favorito aparecía trastornado por el furor.
Felipe IV miró vacilante al favorito y a la reina: el trance se iba haciendo cada vez más embarazoso.
De súbito se oyó un gran rumor de pasos y espadas, y un instante después anunció un paje:
—¡Su señoría el embajador de Flandes!
Levantose Felipe IV para recibir al que, para él, representaba a la infanta su tía, y muy contento interiormente de que su presencia le evitase la explosión de la tormenta que hacía media hora bramaba en su derredor.
El conde-duque salió al encuentro de Rubens maldiciendo en aquella ocasión la etiqueta.
La reina dejó asomar a su linda boca una sonrisa de orgulloso triunfo.
—Señor embajador —dijo dirigiéndose a Pedro Pablo—, nuestro pintor de cámara os convida por mi boca a que visitéis mañana su taller, donde estará expuesto mi retrato que ahora mismo va a concluir.
Inclinose Rubens profundamente y besó la suave y blanca mano de la reina, en tanto que esta le miraba asombrada de la palidez y decaimiento de sus facciones.