Sin duda el rey de la pintura estaba devorado por algún secreto e intenso pesar.

Cuando Pedro Pablo Rubens levantó la cabeza, Isabel presentó su mano a Velázquez quien, después de inclinarse delante del rey y del embajador, volvió la espalda con desprecio al favorito, y salió con la reina.

XII

EL TALLER

Confusos y afanados andaban los discípulos de Velázquez: era el día en que Rubens debía ir a visitar el taller del maestro.

Los pobres muchachos habían ido llegando de Madrid en los tres días que hacía se encontraba Velázquez en el Escorial, porque su amor al arte era tan grande, y admiraban tanto a su maestro, que no habían escaseado ruegos para que sus familias les permitiesen continuar las lecciones en el real sitio de San Lorenzo.

En el día a que nos referimos, tercero de la estancia en el Escorial de Velázquez, los discípulos andaban asaz preocupados quitando el polvo minuciosamente a los caballetes, colocándolos en hileras según su tamaño, con una igualdad escrupulosa, y poniendo en orden cada uno de esos mil objetos que se ven en la habitación de un pintor.

—¡Qué falta nos hace Juan! —dijo un hermoso muchacho de tez morena y negros ojos pasando con una paleta cargada de colores.

—En verdad que sí —contestó otro de tez blanca y ojos azules como un inglés—: desde que él ha desaparecido, me aburro. ¡Oh!, si él estuviera aquí, ya lo tendríamos todo arreglado desde hace largo rato.

—¡Pobre Juan! ¡cuántas veces me ha pesado lo mucho que le he hecho rabiar! —dijo otro con aire triste—: de seguro que se ha ido porque le hacíamos perder la paciencia.