—Yo —añadió un cuarto— fui ayer a nuestro estudio de Madrid, y tomé del camaranchón algunas cosas que él cuidaba con esmero.

—¿Para qué?

—Porque quiero tener algún recuerdo del pobre mulato, que tan bueno era, a pesar del cruel martirio que le hacíamos pasar con nuestras burlas. Mirad ese gran lienzo enrollado que hay en aquel rincón, junto al caballete del maestro: es uno de los objetos que él guardaba con más cuidado.

—Veámosle.

—¿Qué hemos de ver? Ese lienzo estará en blanco: quizás el pobre Juan quería que le sirviese para formar letras... ¡tenía un empeño de aprender por sí solo a escribir!

—¡Yo lo creo! ¡No tenía nadie que le enseñase!

—¡Callad! —dijo de repente uno de los discípulos—: ¡callad!... ¡se me figura que ya oigo pasos!

—A ti no te deja resollar el miedo de que vengan... y al fin han de venir.

—Ya lo sé.

—Pues si lo sabes, ¿por qué tiemblas?