—¿Yo tiemblo?
—Tú.
—¡Pues en verdad que no lo había notado! Te confesaré, sí, que me espanta ver a Rubens mucho más que ver al rey.
—¡Lo creo! Otro tanto me sucede a mí.
—¡Y a mí!
—¡Y a mí!
—Pero callad, callad... ¡Ahora sí que vienen!...
En efecto, un gran rumor de pasos y de confusas voces anunció a los jóvenes la llegada de los dos reyes: el de España, y el de la pintura; y un instante después aparecieron ambos en el umbral seguidos de gran número de cortesanos.
Los pobres muchachos quedaron pegados a la pared, apiñándose unos contra otros, y sin atreverse a levantar los ojos ni a respirar apenas.
Felipe IV se apoyó familiarmente en el brazo de Rubens, y ambos, seguidos de su lucido acompañamiento, empezaron a dar vuelta al taller.