—¿Cómo va de trabajar, hijos míos? —preguntó Rubens con su noble y digna bondad, dirigiéndose al grupo de los aturdidos discípulos.

—Bastante... bastante bien... señor... contestaron vacilando dos o tres.

—Yo desearía ver vuestras obras, continuó Rubens; sí: tendré sumo placer en verlas, si es que Velázquez me lo permite.

—¡Ay, Dios mío! —murmuró a media voz el más joven de los discípulos—: ¡qué desgracia que no esté el maestro!

—¿Me permite V. M. —dijo Rubens dirigiéndose a Felipe IV—, que le mande llamar?

—Con mucho gusto, mi querido Rubens —contestó el rey saliendo de la preocupación dolorosa en que le tenía sumergido el recuerdo de Ana—. ¡Hola! —continuó dirigiéndose a un paje—, id a buscar a don Diego Velázquez.

—Aquí estoy, señor —dijo el artista apareciendo en el umbral de la puerta de entrada, al mismo tiempo que el conde-duque penetraba en el taller por la puertecilla que comunicaba con la cámara real.

—Venid acá, Velázquez —dijo el embajador, en tanto que el rey, obedeciendo a una seña del conde-duque, se acercaba a este último.

—Deseo —continuó Rubens—, deseo ver las obras de estos jóvenes.

—¡Oh, señor! —exclamó el pintor de cámara con efusión—, creed que agradezco con el alma el generoso interés que mis discípulos os inspiran. Don Juan —continuó dirigiéndose a un gallardo mancebo que apenas contaría dieciséis años, y que por lo elegante y esmerado de su traje patentizaba que pertenecía a la más elevada nobleza—. Don Juan, traed vuestro caballete ante su señoría.