El gallardo niño iba a obedecer con el rostro radiante de júbilo, pero le detuvo un ademán de Rubens.

—Yo iré pasando revista a todos los caballetes, dijo, y así no habrá que moverlos de sus sitios.

El embajador se apoyó entonces en el brazo de Velázquez del mismo modo que el rey se había apoyado en el suyo, y ambos pintores se llegaron al primer caballete, sobre el cual había un lienzo con una Magdalena casi concluida.

Rubens se quitó el guante blanco y perfumado que encerraba su mano derecha, mientras contemplaba la pintura con profunda atención.

—Este cuadro revela que tenéis un gran genio, don Juan —dijo dirigiéndose al joven—: os aconsejo, sin embargo, que no hagáis un uso tan frecuente de los tonos fuertes.

El joven artista se inclinó.

—Hacedme la merced de darme una paleta y un pincel, señor don Juan —continuó el embajador—: voy a dar una pincelada en vuestro cuadro, y en el de cada uno de vuestros compañeros.

Una exclamación de júbilo brotó de todas aquellas bocas entusiastas y juveniles, y dos gruesas lágrimas de gratitud aparecieron en las negras y tristes pupilas de Velázquez.

Rubens tomó el pincel que le presentaba don Juan, y mojándole en el color correspondiente, dio tres o cuatro pinceladas en él, dando una admirable sombra en los brazos de la Magdalena, que aparecían duramente iluminados.

—¡Oh, qué feliz soy! —murmuró el niño siguiendo a Rubens con la paleta al caballete inmediato.