—Entregad la paleta al dueño de este lienzo, don Juan —dijo el rey de la pintura con suave y benévola sonrisa—: deseo que cada uno me vea trabajar mientras lo hago para él.
Un niño como de catorce años, muy pobremente vestido, tomó la paleta de manos de don Juan.
—¿Cómo os llamáis, amiguito? —preguntó Rubens.
—Pablo Astudillo, señor.
—Tenemos, pues, al mismo santo por patrono: ea, buen ánimo —continuó Rubens dando pinceladas en el lienzo con sumo cuidado—, habéis pintado una Níobe admirable en vuestros pocos años, y, por lo tanto, nada os pido; no obstante, cuando esté concluida, os la embargo para la cámara de mi esposa Elena. Escribidme a Amberes en cuanto la terminéis.
El niño se retiró llorando de gozo, y Rubens pasó al caballete inmediato: el lienzo que contenía ofrecía a la vista el retrato del pintor de Felipe IV.
—¡Oh, qué magnífico retrato! —exclamó el embajador deteniéndose delante de él; y haciendo a Velázquez una seña para que se acercase al mismo tiempo que humedecía su pincel, empezó, no a enmendar nada, sino a dar a las risueñas y hermosas facciones del retrato el tinte melancólico y amargo que entonces anublaba el expresivo y hermoso rostro del original.
—Cuando se haya pasado el dolor que os aqueja, Velázquez —dijo en voz baja—, os será grato ver esta imagen, porque compararéis vuestra felicidad con los pesares olvidados ya; quiero grabar en vuestro retrato la imagen del dolor presente, para que bendigáis a Dios, al verle, cuando seáis feliz.
Don Diego meció tristemente la cabeza.
En aquel momento, la conversación, que hacía un cuarto de hora sostenían en voz baja el rey y el conde-duque en un ángulo de la estancia, se animó de repente, sin que nadie se apercibiese de ello; los cortesanos, enteramente embebecidos en ver trabajar a Rubens en los caballetes de los jóvenes, nada echaron de ver.