—Más tarde iré —decía Felipe IV con aire embarazado—: no puedo dejar ahora a Rubens; la etiqueta...

—Por el contrario —contestó el privado con una impaciencia que en vano se esforzaba en disimular—, por el contrario, V. M. debe ir ahora: la niña está en la mejor disposición de ánimo que se puede apetecer; antes de anoche puse, mientras ella dormía, en su mesa de tocador, una carta anónima por medio de la cual le hacía saber que Velázquez no era su hermano; que había forjado este vil engaño para obligarla a vivir a su lado; pero que, lejos de amarla, está vivamente apasionado de su esposa doña Juana Pacheco, de la cual tiene una hija; que solo desea tenerla por modelo, porque su extremada hermosura es necesaria para sus cuadros, y que por esta razón la recataba a los ojos de todos.

—¿Y qué efecto ha hecho en ella esa carta?

—El más terrible: ha caído en una profunda desesperación, y hay momentos en que la vehemencia del dolor la priva del conocimiento.

—¡Desdichada!

—Nunca, pues, serán más eficaces los consuelos y el amor de V. M., y es menester ganar instantes.

El rey, medio decidido, echó una mirada embarazosa sobre los dos pintores que, seguidos por los discípulos y los cortesanos, continuaban revisando los caballetes.

—Acabo de verla en este instante —continuó el favorito con una calma que hasta entonces no había usado y que decía bien claro la esperanza que tenía de que sus últimas palabras fuesen el golpe decisivo en el ánimo del rey.

—¿Y cómo está, cómo está? —preguntó este ansiosamente.

—Su vida se apaga por la fuerza del dolor, y creo firmemente que, si V. M. dilata una hora más esta entrevista, la perdemos para siempre.