—Vamos —dijo el rey, en cuyos grandes ojos apareció un rayo de dolor intenso—: vamos ahora mismo.
En los labios del privado se dibujó una sonrisa de triunfo, y abriendo cautelosamente la puertecilla que acababa de darle paso, desapareció con el rey, sin que nadie se apercibiese de su salida.
XIII
EL ESCLAVO
Rubens acabó por fin de dar vueltas a todos los caballetes, corrigiendo en ellos algún defecto más o menos leve, y dando alabanzas a todos los jóvenes relativamente a su mérito.
Al concluir, dirigió a los discípulos en general algunas palabras graves y afectuosas, exhortándoles al trabajo y a la perseverancia, y se detuvo ante un gran caballete, que ostentaba un magnífico retrato de la reina Isabel de Borbón.
Al ver aquella pintura, enmudeció el gran artista, y solo pudo juntar las manos con una expresión muy pronunciada de admiración apasionada, grave e intensa.
—Nada he visto jamás que pueda compararse a esta pintura —dijo al fin dirigiéndose a Velázquez, y señalando el retrato de la reina—: las palabras, don Diego, no bastan a expresar aquí lo que siente mi alma.
Y el embajador echó sus brazos al cuello del pintor de cámara.
Luego volvió a mirar el retrato con profunda, ávida y sostenida atención; diríase que aquella pintura tenía imán para su mirada.