—¿No me concederéis a mí la misma honra que han logrado estos jóvenes, señor? —dijo Velázquez presentando al embajador la paleta y el pincel.
—¡Líbreme Dios de tocar tan divina obra! —contestó Rubens, separándose del caballete respetuosamente—; sin embargo —añadió—, quiero haceros un ligero boceto para memoria mía, sin que por eso renuncie a ver después todas las pinturas vuestras que tengáis a bien enseñarme.
Bajose al decir esto, tomó un lienzo enrollado, que había en el suelo junto a él, y le colocó en un caballete que Velázquez acababa de acercarle: aquel lienzo era el que, según dijo uno de los discípulos, había tomado del camaranchón del mulato Juan de Pareja.
Mas no bien se hubieron desplegado sus dobleces, escapose un agudo grito del pecho de Rubens, que permaneció mirando el lienzo como petrificado.
Jamás se ha presentado a las miradas humanas una obra más perfecta que el cuadro pintado en el lienzo que Rubens había tomado del suelo, creyéndole en blanco.
Era el soberbio cuadro que hoy existe en el Museo de París, y que se llama El Entierro.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó el embajador dirigiéndose al grupo de los discípulos.
Nadie contestó.
—¿Quién de vosotros ha hecho esto, señores? —preguntó a su vez Velázquez.
—Yo no, yo no —contestaron casi a un tiempo todos los jóvenes.