—Yo lo tomé, sin saber lo que contenía, del cuarto de Juan —respondió otro—: desde que el pobre Juan se fue, me acordaba tanto de él que guardé ese rollo de lienzo para memoria suya.
Al oír el nombre de Juan, una terrible palidez invadió el rostro del pintor de cámara, y sus ojos lanzaron relámpagos.
De súbito fijó Rubens la mirada en otro caballete contiguo, y palideció también: contenía el admirable cuadro de La coronación de la Virgen.
—Velázquez... —exclamó con voz ahogada y llevando al pintor de cámara cerca del cuadro—: Velázquez... decid... decid... ¿dónde habéis visto las facciones de esa Virgen?...
La palidez de Velázquez se hizo más y más intensa.
—¡Por el amor de vuestra madre, por lo que más caro os sea en el mundo, don Diego, respondedme! —continuó angustiosamente Rubens.
Velázquez pasó maquinalmente su enflaquecida mano por la abrasada frente, y contestó en voz tan baja y temblorosa, que solo pudo llegar a oídos del embajador.
—El semblante de esa virgen es una copia.
—Pero no es exacta, ¿no es verdad? —prosiguió Rubens cuya ansiedad iba en aumento—; ¿no es cierto que no es exacta, Velázquez?... ¿no es verdad que el original tenía cabellos rubios y ojos azules como los de un ángel?...
—¡No lo sé!...