—¡No lo sabéis! Pues acordaos, por vida vuestra... —exclamó Rubens cogiendo a Velázquez violentamente por un brazo—; acordaos, porque yo necesito que me lo digáis, ¿lo oís?... lo necesito...
Al oír estas violentas palabras, alzó Velázquez la cabeza: su generoso valor se rebeló contra aquel duro lenguaje, y brotó un relámpago de ira de sus negros ojos.
—¡Velázquez! —exclamó el embajador, que adivinaba lo que pasaba en su alma—; ¡Velázquez, perdonad la desesperación de un padre que os pide su hija!...
—¡Su hija!... —gritaron a un tiempo tres voces.
Eran las del rey y del favorito, que en aquel instante entraban despavoridos, y la de Velázquez, que cayó a los pies del embajador con la frente inclinada hasta el suelo.
—¡Mi hija... sí... sí... mi hija Ana que me robasteis de Amberes, don Diego!... —exclamó Rubens, para cuya inteligencia había sido un rayo de luz la acción de echarse Velázquez a sus pies—. ¡Mi hija que busco por todas partes!...
La voz del embajador fue sofocada por el fúnebre tañido de la campana del monasterio que tocaba a fuego, y bien pronto se vio, a través de las ventanas del taller, una inmensa columna de humo que salía del lado en que estaban situadas las habitaciones de la reina y del conde-duque.
—¡Tu hija está allí... allí, donde está el fuego, Rubens —exclamó el rey tendiendo desesperadamente sus brazos hacia el sitio de donde partía el humo—, y allí va a perecer con la reina y con mi hija!... ¡Oh, mi hija, yo quiero salvar a mi hija y a su madre!...
Y el rey se lanzó a la puerta.
El sagrado cariño de esposo y padre había triunfado de la pasión que Ana le había inspirado.