En aquel momento se abrió con estrépito la puertecilla que daba a la cámara del rey, e Isabel de Borbón se precipitó en el taller llevando en los brazos a su hija.
Imposible parecía que aquella delicada y esbelta joven hubiera podido conducir a la infanta María Teresa, que estaba desmayada.
—¡Señor, mi hija se muere!... —exclamó la pobre Isabel poniendo en los brazos del rey a la niña y dejándose caer, casi falta de sentido, en una banqueta.
Felipe IV reclinó en su pecho la pálida cabeza de su esposa; el conde-duque tomó en sus brazos a la infanta María Teresa, y aplicó a la nariz de la aterrorizada niña su pomito de espíritus, en tanto que Rubens y Velázquez se lanzaban a la puerta en busca de Ana.
Pero retrocedieron dando un grito de angustia y de alegría a la vez: habíase precipitado en el umbral, al tiempo de pasarle ellos, el mulato Juan de Pareja llevando en sus brazos, al parecer cadáver, a la joven Ana, cuya larga cabellera rubia tocaba al suelo.
En el momento mismo en que el esclavo se precipitaba en el taller, cesó de tocar a fuego la campana del monasterio, y un instante después entró pausadamente don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado.
XIV
LA CRUZ DE SANTIAGO
Juan de Pareja se asemejaba mejor a un demonio escapado del infierno que a un ser humano: estaba horriblemente flaco, y su palidez era tan intensa que, a pesar del bronceado matiz de su tez, se advertía claramente la descomposición de todas sus facciones; su cabello, que formaba gruesos y lustrosos anillos de un negro hermoso y azulado, estaba quemado por mil partes, lo mismo que su traje, que traía desgarrado y en el mayor desorden.
Su frente ancha y hermosa veíase cubierta de sudor; su nariz, dilatada como la de la fiera que ha vencido al cazador tras una larga y desesperada lucha; y su labio superior, contraído levemente por una sonrisa de orgulloso triunfo, dejaba ver el hermoso esmalte de sus blancos y menudos dientes.