Al entrar, depositó a Ana a los pies de Velázquez, y la pobre niña quedó como una masa inerte y helada tendida sobre el duro pavimento.
—¡El fuego... el fuego! —exclamó el rey señalando al lado de donde aún salía una columna de humo—. Es necesario ver si se ha apagado.
—No tema V. M. —contestó el duque del Infantado, en cuyas severas y hermosas facciones brillaba una viva expresión de contento—: yo ayudé a encender el fuego; pero yo cuidé también de que se apagara.
Al decir esto, miró fijamente a Velázquez; mas el pintor se había recostado contra una pared, quebrantado por la honda emoción que la vista de Ana le había producido.
Don Juan Hurtado de Mendoza levantó del suelo el cuerpo inanimado de la joven, y colocó a esta en el sillón, en tanto que el favorito, confuso con su derrota, huía lo más cautelosamente posible, jurando venganza a Velázquez y al duque.
El pintor de cámara se acercó con lento paso a la pobre niña y tomó una de sus manos.
Estaba helada como el mármol.
—¡Muerta!... —exclamó retrocediendo dos pasos.
—¡Muerta y deshonrada!... —gritó Rubens, que aún no se había acercado a su hija, porque hasta entonces había estado sumergido en un letargo doloroso.
—¡No! —exclamó con voz firme el duque del Infantado—. ¡No! ¡Viva, y digna, muy digna de su padre!