El embajador flamenco clavó una ansiosa mirada en el que le hacía aquella revelación tan consoladora, y llegó hasta su hija como atraído por un imán irresistible.
—¡Sí! —continuó el duque del Infantado—, creedme, Rubens... por el nombre que llevo, por mi fe de caballero, ¡os juro que vuestra hija está pura como la luz del sol!... Velázquez, para cumplir los deseos de la madre de Ana, hizo creer a esta que era su hermana, sacrificando su amor por compasión a la que le dio el ser y por respeto a sus deberes de esposo y padre.
—¡Dios os bendiga, hijo mío! —exclamó Pedro Pablo abriendo sus brazos al pintor de cámara, que se arrojó sollozando en ellos.
Durante algunos momentos, los hermosos y melancólicos ojos del joven monarca se fijaron con un profundo enternecimiento en los dos pintores, que confundían sus lágrimas; y por fin el llanto empañó también las negras pupilas de Felipe IV.
—¡Ya vuelve... ya vuelve!... —dijo el duque del Infantado que sostenía la cabeza de Ana apoyada en su pecho.
El rey se aproximó entonces al embajador.
—Rubens —dijo con acento firme y vibrante—, Rubens, yo os aseguro, bajo mi palabra real, que no he visto a vuestra hija más que una sola vez en el taller de Velázquez, del cual la creía hermana, hasta que una mano funesta vino a arrancarme aquella creencia, que hubiera sido un antídoto saludable para...
Felipe IV iba a decir «para mi pasión», pero volvió la vista a la reina, y la palabra se ahogó en sus labios.
En cuanto a Isabel, se ocupaba en acariciar a la infanta María Teresa que acababa de volver de su desmayo.
Rubens besó la mano de Felipe con vivísima expresión de gratitud, y se lanzó hacia su hija a la cual estrechó entre sus brazos.