Aquel padre debía su hija a una falta, y sin embargo no había querido imprimir un beso en su frente hasta no cerciorarse de que era pura de la misma falta, origen de su ser. ¡Terrible egoísmo humano!

Rubens se separó de su hija, la cual, aunque se había recobrado un tanto, había vuelto a cerrar sus fatigados ojos sin conocer a nadie. En seguida se dirigió a buscar a Juan, que, parado enfrente del cuadro del Entierro, le contemplaba con desencajados ojos.

El embajador abrazó estrechamente al mulato.

—¡Gracias —dijo—, gracias, salvador de mi hija! ¿Qué es lo que puedo yo hacer para recompensarte?... habla... ¿quieres ser libre?...

—No puedo dejar a mi señor mientras me dure la vida —contestó Juan separando del cuadro sus extraviados ojos—: mi vida es verle y servirle.

—¡Ese lienzo está pintado por Juan! —gritó en aquel instante el discípulo Pablo de Astudillo señalando al cuadro del Entierro—: lo he conocido en lo asustado que ha quedado al verlo aquí.

Ante la declaración del niño, palideció el mulato densamente y cayó a los pies de Velázquez murmurando la palabra:

—¡Perdón!

Velázquez le levantó en sus brazos, y al mismo tiempo Felipe IV apoyó su real mano en el hombro del siervo.

El hombre de genio —dijo con voz solemne—, no puede ser esclavo; alza la frente: eres libre.[15]