[15] Don José Muñoz y Gaviria.

Al concluir de pronunciar estas palabras, tomó Felipe IV un pincel, lo humedeció en color rojo, y se acercó a Velázquez.

—Recibe —dijo dando pinceladas sobre su costado izquierdo—, recibe esta cruz en memoria del heroísmo con que has conservado el honor de la hija de Rubens; ese honor —añadió bajando la voz— que yo he estado a punto de empañar para siempre.

Y Felipe IV se desvió a un lado dejando ver, bajo el corazón de Velázquez, la cruz de Santiago que se destacaba sobre el terciopelo de su ropilla.

—Adiós, comendador —dijo tendiendo la mano a su pintor de cámara—; sois libre durante seis meses para acompañar a Flandes a Rubens y a su hija; pero no olvidéis que, al cabo de este tiempo, os necesito a mi lado.

El monarca lanzó una mirada de dolor y de tristeza sobre Ana, y salió con la reina, su hija y los cortesanos.

—¡Ay, señor! —exclamó Juan de Pareja besando respetuosamente la cruz de Santiago—: soy tan dichoso al veros comendador que no podía haberme dado el rey mejor premio por haber puesto fuego a su palacio para salvar a doña Ana.

Al oír su nombre, abrió la joven los ojos y los clavó en Velázquez, como si a él solo viese de las personas que la rodeaban.

—¡Diego!... —gritó con una inefable expresión de gozo.

Velázquez quería lanzarse en sus brazos, pero se detuvo desalentado mirando a Rubens.