—¡Mi hija se muere! —murmuró el embajador con voz firme, aunque sus facciones retrataban la agonía del dolor más hondo—. ¡Oh, hija mía! —continuó oprimiendo fuertemente las manos de Velázquez—: ¡hagamos más dulce su agonía prolongando tu piadoso engaño!
—¡Diego! —repitió Ana con voz más débil.
—¡Hermana! —exclamó este con un esfuerzo que rompió todas las fibras de su generoso corazón—. ¡Hermana mía! ¡He aquí a nuestro padre!
XV
ÁNGEL Y MÁRTIR
Es una hermosa mañana de septiembre. La casita que Ana habitaba en Amberes, antes de su partida para España con Velázquez, aparece silenciosa y solitaria como en la época en que la joven vivía en ella en compañía de la anciana dueña Tadea.
Sin embargo ahora, además de las dos mujeres que la ocupaban en otro tiempo, está habitada por tres personas más.
El aspecto del cuarto de Ana no ha variado en nada del que tenía hace dos años, cuando la joven dormía aún en él los sueños de su infancia.
Aún está adornado con la misma riquísima y callada sillería de marfil con asientos de terciopelo.
Y en las ventanas están las mismas grandes cortinas de damasco blanco.