Y el mismo crucifijo de nácar vela a la cabecera del lecho entoldado también de una tela igual.
Pero en aquel lecho está tendida Ana, más blanca que el alabastro de sus columnas y relieves.
Sobre una mesa de plata maciza, colocada en el centro del aposento, se ven frascos y medicinas.
La joven duerme.
Empero, sus angélicas facciones, demacradas por largos días de dolor y sufrimiento, tienen ya impreso el sello de la muerte.
Una túnica de seda blanca envuelve los enflaquecidos contornos de su cuerpo.
Sus pies, diminutos y blancos como el mármol, están desnudos y medio velados entre los pliegues de su túnica.
Sus pequeñas y ebúrneas manos, delgadas hasta la transparencia, se cruzan sobre su seno.
Se ha quedado dormida rezando a una imagen de María que se destaca sobre un reclinatorio colocado a los pies del lecho.
Un rayo de luz va a resbalar sobre las bellas y suaves facciones de la madre de Dios, que parece mirar y sonreír a la niña dormida.