En pie y junto al lecho, tres hombres contemplan el sueño de Ana con una angustia indefinible.
El primero es un hombre de continente altivo: la nieve, que matiza su espléndida cabellera, es harto luciente para que no sea prematura; un hondo pliegue de dolor se ha formado enmedio de su frente.
Es Rubens.
A su lado hay un joven pálido y enflaquecido; sus grandes ojos negros hundidos patentizan largos días de sufrimientos.
Es Velázquez.
Junto a él está Juan el mulato, esmeradamente vestido con un traje igual al de su antiguo amo.
La humildad y la aflicción, que en otros días retrataban las facciones del pobre esclavo, han desaparecido.
Ahora es libre y artista; pero, amigo fiel de Velázquez, no ha querido abandonarle.
Sus facciones contraídas pintan, sin embargo, un violento pesar, y dos gruesas lágrimas se deslizan por sus doradas mejillas.
Tiene detrás de sí un caballete, donde ya está pintada admirablemente la pobre Ana dormida en su lecho, con el sueño que precede a la agonía.