Largo rato hacía que reinaba el silencio.

De súbito se abrió una puerta, y una mujer, vestida de terciopelo negro y cubierta con un largo velo, negro también, entró en la estancia.

Arrojose sobre el lecho de Ana, y besó repetidas veces su frente y sus cabellos, sin que la joven se despertase.

—¡Gracias!... —dijo después aquella mujer tomando la mano de Rubens—; ¡gracias, Pedro Pablo, por haberme enviado a buscar para recoger el último aliento de mi hija!

Los ojos de Ana se abrieron en aquel instante.

Parecía más diáfano y hermoso el azul de sus pupilas, pero sus facciones se descomponían por momentos.

—¡Diego! —fue su primera palabra.

El artista iba a acercarse; mas la encubierta sacó de su seno una carta y se la mostró, estrechándole la mano silenciosamente.

Era la misma que don Diego Velázquez había escrito a la madre de Ana, participándole que marchaba a España con su hija.

—¡Diego! —volvió a murmurar Ana con lenta y débil voz—; ¡Diego!... ¡Padre! Venid... porque me muero.