Los dos pintores se acercaron: Juan se enjugó el llanto que corría por sus mejillas, y se sentó delante del caballete, para dar en él las últimas pinceladas.

La incógnita se arrodilló a los pies del lecho, y ocultó la cabeza entre las ropas sollozando con íntima amargura.

—Diego —continuó Ana con una voz tan débil que casi no se oía ya—. ¡Diego... el amor que te he tenido ha aniquilado mi vida!... Cuando en aquella carta fatal me dijeron que no eras mi hermano... y que tenías una esposa... y una hija a quien amar... la desesperación se apoderó de mí... cuando supe que era un engaño... ya estaba herida... de muerte...

Calló Ana, y durante algunos instantes solo se oyeron los sollozos de sus padres y los gemidos de Velázquez.

El mulato había terminado su cuadro, y lloraba silenciosamente.

De repente se incorporó Ana sobre un brazo y miró profundamente la inclinada cabeza de aquella mujer.

—¡Madre!... —gritó extendiendo los brazos y conociendo, con ese instinto admirable de los moribundos, que aquella mujer solo podía ser la que le había dado la vida.

—¡Hija mía! —gritó ella lanzándose hacia su hija y estrechándola en sus brazos.

Ana levantó el velo de la incógnita, y apareció un semblante del cual era el suyo una copia fiel.

La desconocida tenía los cabellos de igual color, y el matiz de los ojos de Ana parecía haber sido robado a los suyos, advirtiéndose la misma semejanza en todo el resto de sus facciones.