—¡Adiós... madre mía... padre... Diego, adiós! —murmuró Ana—. El supremo juez me llama desde el cielo, y me enseña la gloria... ¡Juan, os ruego que no abandonéis jamás a Diego!

Ana cayó desplomada sobre el lecho, y sus labios dejaron escapar el último suspiro.

Las cuatro personas que rodeaban el lecho cayeron de rodillas, y volvieron a oírse en aquella estancia secos y amargos sollozos.

La madre de Ana levantó la primera la cabeza, púsose en pie y se envolvió en su manto.

—Don Diego —dijo dirigiéndose a Velázquez con voz quebrantada, pero con firme acento—: os suplico que me dejéis ese cuadro que contiene la imagen de mi hija y que vuestro amigo acaba de pintar.

Ante aquella demanda, palideció el pintor de cámara de Felipe IV.

—¡Señora! —dijo con mal segura voz.

—¡Me lo negáis! —repuso la dama con honda amargura.

—Señora —contestó Velázquez—, he hecho ya el doloroso sacrificio de cederlo al padre de Ana... pedídselo a él...

Los sollozos cortaron las palabras al infeliz don Diego, que fue a postrarse a los pies del lecho.