En cuanto a la dama, se irguió altanera y miró arrogante la inclinada y doliente faz de Pedro Pablo.
—Yo, que soy su madre —dijo lentamente—, tengo derecho a ese retrato, y desafío a Rubens a que me lo arrebate si se cree con razón para ello.
El ciudadano de Amberes guardó un doloroso silencio.
—Antes de que os deje para siempre, don Diego —continuó la madre de Ana—, quiero justificarme ante vos de mi conducta, en presencia del cadáver de mi desventurada hija.
Nada contestó don Diego, y ella continuó de esta suerte:
—Mi nombre es Ana, y soy hija del noble y valeroso conde de Egmont, de la rica y dilatada familia de este nombre: a los quince años me casé con un primo hermano mío que heredó el título de mi padre por fallecimiento de este último.
»Enrico era gallardo, joven, bueno, y me adoraba.
»Yo le amaba también, y dos años después de mi matrimonio le había dado dos hijos, cuando mi esposo fue a suplicar a Pedro Pablo Rubens que le hiciese mi retrato.
»Quiero pasar en silencio los progresos de mi seducción, y llegaré al día en que, conociendo Enrico mi estado, me llamó a su gabinete.
»—Ana —me dijo echando sus brazos a mi cuello—: vas a darme por tercera vez la ventura de ser padre, ¡y nada me has dicho!...