»Yo bajé los ojos: cubrió mi frente el carmín de la vergüenza, y rompí a llorar.
»Nunca supe mentir.
»La frente de Enrico, tan serena de ordinario, se cubrió de una nube de dolor.
»—¿Me has hecho traición, Ana? —me preguntó, tomando cariñosamente mis manos.
»Entonces me arrojé a sus pies y le referí todos los detalles de mi falta, menos el nombre de mi cómplice.
»—¿Quién es el padre del hijo que llevas en tu seno? —me preguntó entonces.
»—Mátame, Enrico —exclamé—, pero no me hagas una pregunta a la cual no puedo contestarte.
»—¿Luego le amas mucho?
—¡Oh, no, Enrico! —exclamé con tal acento de verdad que quedó casi convencido—. No le amo, no... mi falta fue la consecuencia de un vértigo... pero no quiero decir su nombre, porque querrás batirte con él, ¡y puede matarte!
»—Está bien —dijo Enrico con calma—: desde hoy, señora, habitaréis la parte del palacio opuesta a la que habite yo con mis hijos, y ni a ellos ni a mí nos volveréis a ver. Este es vuestro castigo.